viernes, marzo 09, 2012

Tentaciones de un análisis psicosociológico de la no-política



La primera vez que escuché hablar contra los políticos fue en un noticiero de TVN-Chile, más o menos en 1985. Era el General Pinochet explicándole a los periodistas porqué la gente salía a las calles a protestar contra su dictadura: “esto es por culpa de los políticos”, decía y agregaba, “yo no soy político, soy un militar…” y así siguió el discursito contra los políticos durante seis años más.

Tal vez sea por haber nacido en una época fuertemente politizada o por llevar la contraria a mis padres que ya se habían creído el discurso antipolítico (pese a ser exmilitantes radicales) nunca me creí ese discurso.

Sin embargo, es claro que las generaciones posteriores a la mía en muchos países de América y Europa si se han creído ese discurso que desde los fascismos y la derecha autoritaria se instaló en el discurso público mundial desde los 80’, donde hicieron su aparición los “tecnócratas” que venían con la buena nueva del consenso de Whashington.

Los políticos, por su parte, no han hecho mucho en mejorar esa representación como élites ajenas a la cotidianeidad general, que centran sus esfuerzos y luchas en discusiones que la población no entiende o no comparte. Sumado a la corrupción recurrente y muy visible de la política en la mayoría de los países con libertad de prensa.

Pero creo tras el a-político hay más factores además de la baja calidad de los políticos. En primer lugar porque suponer que los políticos actuales son más corruptos que los de antaño es simplemente ignorar la realidad de la construcción de la mayoría de las fortunas del mundo entero. Prácticamente es imposible encontrar un millonario anterior a 1990 (por poner una fecha arbitraria) que no haya amasado su fortuna bajo el apoyo o la connivencia de los poderes políticos del momento.

Y si, por otro lado, hay quien crea que los políticos de antes eran más admirables en algún sentido es, nuevamente, porque no conocemos su historia en detalle. 

 Los políticos más reconocidos tienen siempre un lado menos amable, como cualquier persona, es sólo cosa de buscarlo. Churchill, por ejemplo, dejó morir a millones de indios sólo para dejar claro el poder de Inglaterra. Gandhi casi abandonado a su numerosa familia, sin importarle sus sacrificios, por dedicarse a la causa de la India. Neruda a abandonó a su hija enferma y a la madre de esta en Holanda cuando comenzaba la Segunda Guerra Mundial, mientras se dedicaba a buscar refugio para expatriados españoles.

Más recientemente podemos saber que Chirac ha sido acusado de delitos económicos en alcaldía de París, que Mitterrand mintió descaradamente a los franceses sobre su estado de salud, sobre su hija, sobre su amante que custodiaba con agentes públicos. Clinton y Kennedy tenían una vida sexual que exasperaba a sus esposas y a sus colaboradores políticos.

Es posible seguir durante horas hablando de los deslices de los políticos, aun de los más connotados y “sabios”. Y para quien crea que no es lo mismo un desliz sexual que una malversación de fondos públicos, le puedo decir que estoy de acuerdo, pero también creo que es muy difícil probar que una cosa no lleva a la otra, por lo menso cuando el desliz sexual se intenta mantener oculto, recurriendo para ello a los recursos públicos.

No veo ningún argumento racional y demostrable científicamente que pueda llevar a la conclusión de que los políticos actuales son, en algún sentido, de peor calidad que los de hace 20, 30 ó 40 años atrás.

Algo si es notoriamente mejor que hace 20, 30 ó 40 años atrás: las comunicaciones. Hoy hay una capacidad de informar e investigar casi ilimitada y de muy bajo costo. Cualquiera con un poco de motivación y algo de tecnología puede seguir los pasos de un político, obtener imágenes de sus relaciones, conocer los gastas en los que incurre, los viajes que realiza, las personas que frecuenta. Hay, además una gran capacidad e publicar esta información de muchas formas, lo que ha reducido la capacidad de los grandes medios de controlar lo que “exponen” o no a sus lectores, porque si ellos no lo publican, cualquier página web lo hará.

Todo esto deriva en que,  a pesar de que los políticos actuales puedan ser igual de humanos (o miserables) que los de antes, la percepción que se tiene de ellos es mucho peor que hace dos décadas. Y la respuesta del ¿porqué? no es nada obvia y es una pregunta psicosocial de gran interés.

La aceptación de un político como una persona normal parece ser muy baja. Parece haber una velada exigencia de superioridad moral e intelectual al mundo político que no está presente en otras actividades de la sociedad actual. Un modelo o un deportista pueden ser poco inteligentes. Un empresario o un científico pueden ser desalmados y ambiciosos. Los artistas pueden ser pedantes y ególatras. Pero un político no puede ser (o no puede parecer) ninguna de esas cosas.

Imagino que a más de algún lector letrado en psicologismos (como yo mismo) ya le estará apareciendo la idea del infantilismo del ciudadano medio y la figura paterna que debería ser el líder, el guía social. Pues esa figura a mi no me satisface. Además de sus consecuencias antidemocráticas, me parece una respuesta muy individualista, que olvida factores sociales como el poder y el consenso.

Me parece que hay intereses involucrados en el consenso comunicacional, y ahora coloquial,  de que los políticos no son administradores, gestores de problemas e instituciones, sino que deben ser una especie de ser superior, intachable y ejemplo de la norma moral.

La consecuencia lógica a este consenso, y que no se ha hecho esperar, es que la democracia no es lo que debiera y que no es necesariamente un buen sistema de gobierno, por lo que tampoco es necesario incluirla en la construcción de futuros gobiernos globales que comienzan a generarse sin dar ni pisca de espacio a la participación de los ciudadanos. Algo que seguramente alegraría a los herederos ideológicos de Pinochet y a otros autoritarios que siguen rondándonos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario