lunes, octubre 26, 2009

¿Un Chávez para Chile?

Hasta hace muy poco tiempo una negativa rotunda recibía cualquiera que preguntara sobre las posibilidades de que en Chile se diera un fenómeno político similar al de Chávez en Venezuela, el de Correa en Ecuador o el de AMLO en México (aunque este no haya sido electo vale para el ejemplo). Excluyo a Morales en Bolivia porque ese es un proceso distinto (y distante) de las características de los ya mencionados, de quienes no pretendo aquí hacer un juicio de valor, si no tan sólo comparar un tipo de política que muchos creían ajena a la identidad nacional chilena.

La negativa de que en Chile pudiera surgir un líder que cumpliera con las características de los mencionados era remota. Sin embargo, el actual proceso de elección lo pone en entredicho. No es que Enríquez –Ominami (ME-O) pueda ser automáticamente asimilado a estos líderes de la izquierda bolivariana, pero, sin duda que cumple con algunas de sus peculiaridades, especialmente con la más importante, no responde a las dos coaliciones principales que han dirigido la política chilena los últimos 20 años, detrás de cuyo fenómeno se asoma la sombra del retorno a “los tres tercios” tradicionales de la política latinoamericana.

Otras características que acercan a ME-O a AMLO y los demás es su capacidad de copar la agenda de los medios a su favor, encantar a los jóvenes y seducir a los movimientos sociales que se sienten abandonados por los políticos tradicionales. Como AMLO y Correa es hijo de la élite política que dirige el país, pero no duda en culpar a esa misma élite de todos los males, sin reparar en que esa misma fuerza política es la que le dio a él la posibilidad de estar donde está.

Hasta ahí las semejanzas, pues la dirección que parece tomar en sus propuestas de cambio son más bien liberales que propias del “socialismo del siglo XXI” y sus propuestas de abrir todas las empresas públicas a inversión privada se parecen más a Aznar o Berlusconi que a sus homólogos latinoamericanos.

Gane a pierda ME-O, continúe o no en política después de la segunda vuelta en enero, la cuestión es que Chile dejó de estar ajeno a los fenómenos de candidatos de fuera de la estructura de poder y con ello se abre un espacio, que muchos creían cerrado, para que entren en política fenómenos no contemplados en el mediano plazo, que irrumpen repentinamente, muchas veces desde fuera del ámbito de la política partidista y sin proyectos claros ni apoya en el congreso (con su consecuente inestabilidad).

Se acabó la aburrida y supuestamente arraigada estabilidad, se acabó la falta de sobresaltos en la política chilena. Basta ya de decir que Chile es “distinto”. Bienvenida nuestra alma latinoamericana.

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