lunes, mayo 11, 2009

Racismo en América Latina ¿Y Chile?

La mayor parte de los países de América Latina tiene problemas serios de racismo en su estructura social, en las oportunidades concretas que los miembros de algunas minorías tienen en el desarrollo del país, el acceso a espacios de poder institucional y en las tendencias de los sistemas de control social (institucionales e informales) para utilizar la fuerza u otorgar credibilidad a las personas. Rigoberta Menchú destaca estos días la inexistencia de mujeres indígenas en los cargos de poder en Guatemala a pesar de que estas representan más del 25% de los ciudadanos del país. El Dr. En psicología social brasileño, Luciano Camino, ha destacado en investigaciones recientes, que un chico negro de la ciudad tiene muy bajas posibilidades de llegar a los 31 años, casi diez veces menos que un blanco o un mestizo. Agravada esta situación porque una de sus principales causas de muerte es por “agentes de la ley”. Sin duda que a nivel institucional el racismo ha ido disminuyendo, empujado por la legalidad antidiscriminación que la mayoría de los gobiernos progresistas del continente han implementado en los últimos 20 años. Los gobiernos de Evo Morales en Bolivia y Alejandro Toledo en Perú, han mostrado como algunos de estos prejuicios van quedando atrás. Sin embargo, subsiste en casi todos los países un prejuicio generalizado contra las minorías de origen africano e indígena. En Perú, son cholos, en Argentina, bolitas, en Chile, rotos. Cada país tiene sus denominaciones peyorativas, pero el efecto final es el mismo, intentar controlar la ascensión social de estas poblaciones. Sistema instalado durante la colonización española, pero aumentado y perfeccionado en las modernas naciones que le siguieron. Chile se autodesigna en la categoría de “no racistas” en su autoimagen cotidiana. Sin embargo, basta pasearse por alguna calle del centro de Santiago para escuchar a cómicos callejeros reírse sin piedad de peruanos, negros, indígenas (además de gordos, homosexuales, mujeres y un largo etc.) sin que nadie los censure por ello e incluso causando muchas risas entre su audiencia callejera. Por otro lado, las instancias más institucionales del país brillan por su blancura-católica-heterosexual. De los 120 diputados del Congreso chileno, sus 38 senadores y los 21 jueves de la Corte Suprema, ninguno es de origen mapuche o de otra étnia originaria. Entre alcaldes y concejales, la cifra mejora. De los 345 que existen, 12 tienen alguna ascendencia indígena, lo que da un exiguo 3,48%. Sólo tres ellos tienen ambos apellidos indígenas, menos del uno por ciento. Todo esto tomando en cuenta que los pueblos originarios son el 5% de la población según el último censo, falta mucho para que tengan una representación adecuada. Especialmente si se toma en cuenta que otros grupos de ascendencia europea y menor peso demográfico si tiene presencia en estas instancias. Todavía Chile, al igual que el resto de América Latina, muestra indicadores de racismo en el acceso a oportunidades y en acceso al poder formal. Si no se toma en cuenta esta deficiencia no se puede pretender que estas minorías se sientan chilenos.

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