jueves, noviembre 29, 2007

La Izquierda secuestrada

Los últimos diez o quince años de estabilidad democrática en América Latina han tenido un costo importante para la izquierda democrática que tuvo logros importante al terminar las dictaduras. Sin embargo, hoy se encuentra dividida entre los social-liberales, una corriente que gobierna en Chile, Brasil, Uruguay y Perú, por un lado; y otra corriente extrema y heterodoxa, que está gobernando en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, además de la situación excepcional (faltaba más) de Argentina, cuyo comportamiento pendular entre ambas posiciones no es fácilmente clasificable.
Estas posturas están expresadas en una serie de artículos publicados en periódicos de América Latina y Europa (como muestra ver: La Tercera de Chile o El País de España) en los cuales se hace referencia a los supuestos males de la izquierda "trasnochada" y a las atribuidas bondades del liberalismo y de la izquierda renovada que han solucionado lo problemas de pobreza en Chile y podrían hacerlo en otros países de América Latina. A mi juicio estos análisis suelen pecar de superficialidad.
Primero, porque los mencionados "éxitos" de las políticas sociales de mercado (como se les ha llamado en Chile) o "tercera vía" (cómo le denominó Giddens) ocultan un sombrío panorama de ineficiencia en la disminución de la desigualdad y el mejoramiento de la repartición de la riqueza que se ha creado en los países que la aplican. Es cierto que se ha generado más riqueza y que estos países crecen económicamente, mejoran sus infraestructuras y han logrado competir eficientemente en el mercado internacional. Sin embargo, esa nueva riqueza no se distribuye por igual y mucho menos se focaliza en los que menos tienen. Por el contrario, favorece desmesuradamente a los que más tienen.
Segundo, porque los muy publicitados conflictos de los países que están aplicando políticas de izquierdismo "a la antigua" son contradictorios con los inmensos apoyos que estos movimientos y líderes logran en sus países. La respuesta para explicar este fenómeno de apoyo popular suele apelar al "populismo", no en el sentido positivo de democracia de base, sino en su acepción peyorativa de tomar medidas populares aunque no sean técnicamente recomendables. Este es el típico supuesto de que los pueblos son estúpidos y que no saben diferenciar entre la demagogia y la realidad.
Hoy los ciudadanos de izquierda nos vemos obligados a optar entre un Estado todopoderoso que pasa por encima de los derechos de los opositores políticos o un Estado que se desentiende de las necesidades y derechos de la mayoría por temor a afectar al capital inversor. Por esto es que en muchas ocasiones veo que han secuestrado la izquierda. No dejan opciones de voto; las únicas alternativas son estas dos. Diversos estudios electorales en varios países coinciden en datos que apuntan en la dirección de ciudadanos de izquierda desencantados. El voto de derecha suele ser más estable en el tiempo, más leal se podría decir. El voto de la izquierda, en cambio, es más difuso en su apoyo y lealtad. Esto se demuestra cuando se observa que a menor abstención mayor probabilidad de que la izquierda gane las elecciones, y en ello coinciden analistas electorales de de EE.UU., España, Chile, Brasil e Italia por nombrar los más sonados últimamente.
Con la izquierda renovada ha habido un efecto pendular no disculpable, pero mejorable. De la revolución y la estatización sin matices se pasó a una liberalización excesiva y en muchas ocasiones injustificada. Se ha adoptado el credo liberal sin restricciones y con aplicación dogmática. Se ha llegado a un absurdo en que los liberales de derecha se toman muchas libertades con el modelo que aconsejan cuando ellos gobiernan, pero los liberales de izquierda son ortodoxos cuando lo aplican.
La izquierda debe moderar su tendencia a abrazar dogmas. Si esa estrategia no sirvió con el marxismo, tampoco lo hará con el liberalismo. En mi opinión, existe la necesidad de una flexibilidad pragmática al examinar las situaciones específicas. Si en algún ámbito funciona un determinado modelo ¿porqué aplicar otro? Por ejemplo: Está medianamente claro para todos en el mundo (salvo para Chile) que el transporte público sólo funciona adecuadamente en manos de empresas estatales o semiestatales. ¿Porqué, entonces, insistir con un modelo que no funciona? Sólo el dogma de la fe liberal explica esta obstinación. Otro ejemplo: si el mercado regula adecuadamente el mundo de la oferta y demanda de productos y servicios ¿porqué insistir en intervenciones estatales que la mayor parte de las veces provoca el efecto contrario al buscado? Este Dogma es el que se aplica en Cuba y que amenaza con extenderse a Bolivia, Venezuela y que ya provocó problemas en Argentina en el tema de los suministros de electricidad, teléfono, agua y gas.
Si la izquierda quiere seguir existiendo como la fuente de justicia social que ha sido durante los últimos dos siglos debe zafarse de sus captores extremistas y reencontrarse con la vertiente que tiene, en su centro, la igualdad de derechos, la libertad de conciencia y la solidaridad con el menos dotados. Las medidas que logren esos objetivos deben ser aplicadas, sean liberales o estatistas, sin credos, sin vergüenzas. El objetivo es lo que importa, no las posiciones metodológicas. Hay que recuperar la creatividad sin complejos. Sin esto no habrá izquierda liberada.

2 comentarios:

  1. Gonzalo Prieto3/12/07 09:43

    Notable artículo. ¿De quién es la tarea?, si lo que planteas parece una obviedad para muchos, pero claramente no para todos.

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  2. La tarea es de todos; pasa por no seguir apoyando sistemas que no compartimos, pasa por poner en una balanza las convicciones y las conveniencias. Por desgracia creo que en la izquierda latinoamericana (y europea) han ido ganando estas últimas. Con la toleranica de todos los que callamos.

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