lunes, octubre 10, 2005

¿La Vuelta del Péndulo Liberal?

Es interesante verificar cómo, a partir de la mitad de los años 90', teóricos, economistas y empresarios liberales han ido progresivamente dando pie atrás en la idea de disminuir el accionar del Estado y en su percepción de considerar el libremercado como el único impulsor del desarrollo.
Autores distintos y distantes como Francis Fukuyama, Joseph Stiglitz, George Soros y Alain Peyrefytte han plantedo, desde diferentes perspectivas, la necesidad de repensar el rol del Estado en la economía global. Hasta aquí ninguna novedad. Sin embargo, postulan que es necesario fortalecer el Estado en áreas donde los liberales tradicionales sugieren hacerlo desaparecer. Algunas de estas son: los flujos de capital; la competencia interna en los mercados; la generación de actitudes y cultura proempresa; la creación de empresas "estratégicas" y la consolidación de las relaciones comerciales internacionales en instituciones más equilibradas para los países pobres y emergentes.
La conclusión, entonces, es simple: la libertad total no es todo el tiempo ni en todos los lugares del planeta la receta que mejor funciona. Para demostrarlo hay ejemplos de sobra, tanto de lo mal que funciona el liberalismo cuando se toma demasiado en serio, como de lo bien que funcionan -bajo ciertas condiciones- los sistemas económicos impulsados o controlados por el Estado. El "milagro" del este asiático y el vigor chino son los paradigmas positivos de economías bien planificadas, mientras que la catástrofe de Rusia y del resto de los ex-países comunistas que obedecieron al FMI son el ejemplo de cómo el liberalismo sin contrapesos institucionales puede llevar al completo fracaso.
Fukuyama llega incluso a la herejía de cuestionar el rol de algunos empresarios: "...los empresarios que esperan obtener lealtad, flexibilidad y cooperación de sus trabajadores, sin darles nada a cambio, ya sea en forma de seguridad, beneficios o capacitación, son, lisa y llanamente, explotadores." (Francis Fukuyama, Confianza, pág. 345. 1995.) Entonces, si ya todos sabemos estas cosas ¿por qué en Chile adherimos ortodoxamente a las recomendaciones liberales? Seguimos creciendo económicamente al mismo tiempo que empeora la distribución de la riqueza y, lo que es peor, la distribución del poder. Nuestras finanzas fiscales están "sanas", sin embargo, tenemos un desempleo duro que, en 8 años, no ha bajado de 8%. Continuan aumentando las exportaciones, pero éstas son en un 90% recursos naturales y poco más de la mitad son no renovables. Y seguimos esperando desarrollo de este modelo a pesar de estar advertidos por numerosos expertos internacionales de que éste no sólo tiene límites, sino de que el único modo de sostenerlo es mantener los bajos sueldos. Es decir, mantener los grandes problemas de distribución. Esto es todavía peor si se suma el hecho de que el actual modelo destruye factores sociales como la confianza en los otros, las redes sociales y la cultura de la solidaridad. En efecto, parte de estos liberales renovados plantean que factores sociales como el capital social, la cultura de la confianza en los otros y la valorización positiva del emprendimiento son elementos centrales en el desarrollo económico. Incluso más primordiales que la posesión de riquezas naturales o de capital. Esto es especialemnte cierto en la nueva económía, donde la creación de riqueza depende mucho menos de los recursos naturales y de la capacidad industrial que de la creatividad y la confianza. Cualidades que los privados no están muy interesados en fomentar y financiar. Por ello es que el rol del Estado no se remite al de regulador del mercado. El Estado también debe velar por una cultura que favorezca el desarrollo económico. Y tal parece que en esta materia los liberales renovados van un paso más adelante que los socialdemócratas.

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